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El presidente de CEBEK pronunció una conferencia en el Foro “Nueva Económia Forum”

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Sailburua, Bizkaiako Foru Ahaldunak, Javier de Andrés Espaniako Gobernuaren ordezkaria, Juan Luis Ibarra Jauna, Confebask, ADEGI eta SEAko presidenteak, Loli García anderea eta Raúl Arza jauna. Lagun agurgarriak. Egunon eta mila esker gosari honetan egoteagatik eta momentu hau nirekin konpartitzeagatik.

Agradezco en primer lugar al Forum Euskadi su invitación a participar en este acto, y te agradezco especialmente Jose, la presentación realizada.

Para mí es un honor encontrarme por segunda vez en este Foro con la oportunidad de poder compartir con todos vosotros y vosotras unas reflexiones sobre diversos temas de actualidad. No es mi intención abrumaros hoy con datos macroeconómicos, pues entiendo que las personas que estamos aquí presentes estamos al día de los diferentes informes que los agentes económicos exponemos al público periódicamente. Lo que deseo transmitir es la interpretación de esos datos, el análisis subjetivo que nos hace marcar una estrategia económica como territorio.

Y en base a ellos, es obvio que nos encontramos en un ciclo económico de crecimiento sostenido en el tiempo, cuatro años ya. Estamos restableciendo las heridas que la crisis generó en muchas variables económicas. Una crisis que ha durado más que las de los años 80 y 90, y de la que estamos saliendo de forma mucho menos explosiva de lo que salimos en aquellas. Aun así, vamos poco a poco acercándonos en muchas de esas cifras a los valores que teníamos en los años previos a esa crisis. Y aunque, ciertamente, en otras variables aún estamos lejos, motivo por el cual aún somos prudentes en nuestras previsiones, podemos afirmar que en Euskadi vivimos un buen momento económico. Bueno en PIB, nos mantenemos en los últimos años entre el 2.5 y el 3%, o bueno en cuanto al volumen de exportación y al número de empresas exportadoras, el creciente movimiento de mercancías en el Puerto de Bilbao es un buen ejemplo de ello. Vamos aumentando progresivamente el peso del sector industrial en nuestra economía, con ese objetivo público de llegar al 25% de nuestro PIB, aunque es cierto que en Bizkaia todavía estamos en el 19% al ser un territorio con más turismo y más servicios, muchos de ellos orientados hacia a la industria. Precisamente en turismo crecemos a un ritmo alto, tanto en visitantes como en la aportación que hace a nuestro PIB, y quizá lo más importante, adoptando un modelo de turismo sostenible y atractivo para un poder adquisitivo medio-alto. El aeropuerto de Loiu suele repetir cifras record año a año, y es probable se coloque sin tardar demasiado en el límite de su capacidad.

Todas estas variables que avanzan en positivo tienen como causa pero también por consecuencia un incremento de la confianza empresarial y de la propia sociedad. Y sabemos que la confianza se retroalimenta de sí misma, no siempre se mueve sobre patrones objetivos. Este era el elemento que nos faltaba al inicio de la recuperación y que ahora tenemos, la confianza en un futuro igual o mejor. Las encuestas que responden nuestros asociados de Bizkaia dan buena cuenta de ello. El 46% de las empresas, mayoritariamente industriales, prevén aumentar la facturación este 2018, y aumentan considerablemente, de un 38% el año pasado a un 52% este año, las que creen que su producción situará su ocupación productiva por encima del 80%. Todos sabemos que la confianza, que en definitiva es la esperanza en mantener o mejorar unos ingresos familiares o unos beneficios empresariales, tiene como consecuencia generalmente una mayor  inversión y un mayor consumo. Y en este sentido, percibimos un avance, lento aun, pero avance al fin y al cabo, de la inversión productiva basada en la puesta en marcha de nuevos proyectos empresariales, principalmente en pequeñas empresas. Se echan en falta, y así lo manifiestan las entidades financieras, inversiones empresariales de cierto calado llevadas a cabo por medianas o grandes empresas. Quizá en ello tenga que ver que no andamos sobrados de este tipo de empresas. Y es que la preocupación que regularmente manifestamos las organizaciones empresariales vascas y la Administración por el escaso tamaño de nuestras empresas teniendo en cuenta el mercado internacional e incluso nacional al cual nos dirigimos, es una asignatura pendiente en la que, hay que reconocer, no damos con la clave. Seguramente  estemos perdiendo como empresas uno de los mejores momentos para crecer en tamaño. La recuperación provoca que haya sectores y empresas que mejoran su solvencia y su capacidad para afrontar nuevos proyectos. Por el contrario, siguen existiendo empresas en serias dificultades que podrían encontrar su salvación en todo o en parte en la venta o unión con otra. Cerca de 300 empresas entraron en concurso de acreedores el año pasado, una variable que no conseguimos baje a las 200 que era el nivel del 2008 y que refleja que hay empresas y sectores lejos de la recuperación. Si el problema ya no es la financiación, y las empresas son conscientes de las ventajas que aporta ganar en tamaño ¿qué es lo que nos frena entonces? La razón principal seguramente hay que buscarla en nosotros mismos. Aunque sin duda, la actual legislación laboral no ayuda a superar la frontera de los 50 trabajadores, cuestión que habría que negociar con la representación sindical, tampoco existen incentivos fiscales determinantes que ayuden a tomar tal decisión. Es un asunto que merecería una reflexión profunda por las consecuencias que tiene para el propio país.

Las grandes empresas, las pocas grandes empresas que tiene Euskadi suelen generar sentimientos no suficientemente favorables para la aportación que realizan al territorio. Se cuestiona sus ganancias por excesivas, sus condiciones laborales cuando suelen ser claramente mejores a las del resto de las empresas, o se cuestionan sus aportaciones fiscales, acusándoles de elusión fiscal en algún caso, cuando somos absolutamente dependientes de un puñado de ellas a pesar, y eso a pesar incluso de ofrecerles unas condiciones fiscales menos competitivas respecto a las del entorno. Y cuando son vendidas, la propiedad vasca se diluye o simplemente invierten fuera, entonces apelamos al arraigo como reacción a nuestro miedo. Pero sabemos que la globalización y el escaso tamaño de nuestras empresas, incluso de las grandes, tiene estos peajes. Tan fácil como compramos, somos comprados. Como en el futbol. Por ello, haríamos bien en no negociar a la baja con nuestros mejores fichajes para acabar dándoles lo máximo, sabiendo además que dependemos fuertemente de ellos, y al mismo tiempo pongámonos a trabajar con nuestra cantera para que crezcan nuevos y grandes jugadores en esta dura liga que es el mercado. Porque el arraigo se tiene, pero en algunos casos es mejor no ponerlo a prueba. En Bilbao y en Bizkaia no nos faltan experiencias negativas de ver empresas alejarse hacia Madrid sin recordar cuál es su origen a pesar de llevar nuestro nombre por todo el mundo.

La cantera se trabaja desde el inicio y en lo que a emprendimiento y a creación de empresas se refiere, en Euskadi no estamos bien, o al menos no estamos como deberíamos si tenemos en cuenta el nivel educativo, la inversión pública en incentivarlo y la cultura empresarial de donde procedemos. En el año 2008 Euskadi tenía más de 64.000 empresas. En marzo de este 2018 están registradas casi 59.000. Salen 5.642 empresas menos. Pero lo que más destacaría es el escaso ritmo de creación de empresas, no tanto las que se destruyeron. Desde enero de 2014, que fue el año con menor número de empresas en funcionamiento, solo hemos creado 2.000 empresas, es decir, 500 por año. Tardaremos cerca de 11 años en volver a tener lo que tuvimos. Este cálculo empeora si tenemos en cuenta que en 2017 solo nacieron 97 proyectos empresariales nuevos en Euskadi. En lo referente a los autónomos, en 2008 teníamos cerca de 190.00, en lo más duro de la crisis llegó a 172.000 y en marzo de 2018 seguimos en 172.000 sin haber podido recuperar nada. Y en este contexto, el paro disminuye a buen ritmo con lo que en el fondo se está produciendo un incremento de plantilla en las empresas ya existentes. En más de una ocasión hemos reflexionado las organizaciones empresariales vascas sobre esta circunstancia que en nada favorece nuestro futuro como país. Debemos recuperar urgentemente el pulso emprendedor en Euskadi. Me consta el esfuerzo que la Administración realiza en esta cuestión pero los resultados no son los que deberían corresponder a un territorio como el nuestro. Los factores que lo causan y sobre los que podemos trabajar son variados y conocidos. La desigual competencia de un puesto de trabajo en la Función Pública frente al esfuerzo y riesgo que representa iniciar un proyecto empresarial es excesiva para una juventud que mide, en ocasiones, en horas de ocio y libertad la calidad de su futuro profesional. Además, las masivas convocatorias de OPES previstas durante los próximos meses y años no van a ayudar desde luego al emprendimiento. Por lo que dice la última encuesta del Eustat, la sociedad vasca en un 71% tiene una valoración positiva o muy positiva de la aportación que hacen los empresarios y empresarias vascas a la sociedad. En la valoración de profesiones estamos en la Europa Legue, podemos decir. A la par que los jueces y por debajo de médicos, científicos y profesores. No es Champions pero al menos nos alejamos de los puestos de descenso. Podemos deducir, por tanto, que ya no arrastramos el estigma que se creó entorno a nuestro colectivo tras los largos años de violencia física y verbal ejercida en el pasado y que, por tanto, ya no es un condicionante relevante y negativo para el emprendimiento. Pero aun así, no avanzamos lo suficiente. Frente a esto, nos queda mimar a aquellos intrépidos que den el paso. Estamos obligados a mantener o mejorar las condiciones fiscales, laborales, administrativas o de acompañamiento que hacen de nuestros territorios un buen ecosistema para empezar una actividad empresarial. Desde edades tempranas, pero al menos en Bachiller, Formación Profesional y Universidad, es necesario inculcar la creatividad empresarial, la libertad y la satisfacción que aporta. Y acompañar a quien ha decidido dar el paso en cada fase de emprendimiento, como ya lo hacemos, porque cada proyecto nuevo que surge con fuerza es un tesoro para nuestra sociedad. Debemos facilitar la labor empresarial con la misma intensidad con la que reivindicamos una mayor calidad de vida. Porque no hay política social sin empresa, no hay calidad de vida, sanidad avanzada, infraestructuras potentes, educación de todos los niveles si no hay empresa que contrate, que pague impuestos, que compra y que venda productos o servicios. No hay sociedad moderna sin empresa grande, mediana o pequeña. Creo que somos conscientes de ello, pero también creo que se nos olvida recordarlo con relativa frecuencia.

El debate sobre la reforma fiscal ha sido un buen ejemplo de ello. Alargado en el tiempo y con muchos vaivenes a medida que avanzaba la negociación, damos finalmente con unas modificaciones que en el plazo de dos años rebaja del 28% al 24% el tipo nominal del Impuesto de Sociedades y mejora en un punto el que se aplica en territorio común. Por el contrario, y con el fin de mantener la recaudación se endurecen las compensaciones de bases negativas de años anteriores y las deducciones que hasta ahora estaban activas, además de establecer un tipo impositivo mínimo obligatorio más elevado que el que teníamos. Deducciones que, por cierto, no son trampas ni triquiñuelas como una vez oí sino reducciones fiscales por realizar acciones dirigidas a áreas que la Administración considera prioritarias, como es la inversión, la generación de empleo o las inversiones medioambientales. Como defendíamos, previo a pensar en una nueva reforma era importante analizar las consecuencias de la reforma fiscal anterior, la de 2014, y sobre todo, era importante esperar a que la reactivación económica de las empresas diera lugar a unos mayores beneficios empresariales y por derivación, a una mayor recaudación. A estas dos causas que sabíamos iban a suponer un incremento recaudatorio, se unió el año pasado la negociación del Cupo que con buen acierto llevaron a cabo ambos Gobiernos, lo que dio lugar a que cerráramos 2017 con un record de recaudación fiscal lo cual es, sin duda, una noticia muy positiva si empleamos bien ese dinero. Y emplear una buena parte de ello en amortizar deuda pública es, sin duda, una decisión que desde Cebek apoyamos, al igual que manejar Presupuestos públicos que traten de equilibrar ingresos y gastos. Gastar más de lo que tenemos, hipotecandonos con deuda a devolver dentro de muchos años es un ejercicio claro de insolidaridad hacia las generaciones futuras, en muchas ocasiones por no tener la valentía de afrontar decisiones o reformas que cambien el curso de las cosas. Y qué duda cabe, que en los tiempos de recaudación abundante se deben hacer los deberes pensando en el largo plazo, en la futura crisis que, ojalá no,  pudiera llegar a volver algún día.

Este ejercicio de responsabilidad pública que debe ejercer la Administración al establecer un presupuesto equilibrado tiene, sin duda, su equivalente en la empresa. La cara B de nuestra aportación de valor a la sociedad es la responsabilidad que asumimos hacia ella por nuestra actividad. Las empresas hace tiempo que hemos dejado ser solo un agente económico, para ser con más intensidad un agente social. Y el ser decisivos en la mejora de la calidad de vida y del bienestar de la población nos hace también ser decisivos en su pérdida. Es una responsabilidad indirecta, seguramente poco exigible incluso desde el punto de vista moral, y en todo caso devenida de una actividad voluntaria, como es la empresarial, que entraña riesgo y  que solo algunos asumen. La sociedad evoluciona y nos pide un ejercicio de esa responsabilidad superando los esquemas habituales, superando la gestión eficiente, el pago de los impuestos, la sostenibilidad medioambiental o la protección de datos. En esos nuevos retos, el logro de la igualdad de género en el ámbito de la empresa es de los más acuciantes. Las sociedades no se pueden permitir la pérdida de al menos un 50% de su talento, pero incluso antes de valorarlo en términos cuantitativos, son los valores  de justicia y de libertad los que están detrás del clamor social expresado este 8 de marzo, sin ir más lejos. A la empresa y a los representantes empresariales nos toca jugar nuestro papel en este objetivo compartido, como también a los sindicatos, a la Administración y sobre todo, a los propios ciudadanos y ciudadanas les toca jugar el suyo. Cebek promovió hace ya cuatro años, con el apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia, un programa denominado Enpresan Bardin que tiene dos objetivos básicos. Un objetivo es promover la sensibilización de las empresas vizcaínas hacia un mayor compromiso por la igualdad de género. Visualizar su importancia, introducir esta preocupación en los cuadros directivos, evidenciar las barreras que existen, aun puestas de forma involuntaria, para perpetuar un status quo injusto. Y un segundo objetivo, orientado a que en los órganos internos de Cebek diéramos ejemplo de estos valores tratando de obtener una mayor presencia femenina en el periodo electoral que vivimos en mayo de 2017.  En ambos objetivos hemos logrado resultados de mención que nos animan a seguir trabajando. La brecha salarial en cuanto discriminación consciente entre hombres y mujeres por el ejercicio de un mismo trabajo es una ilegalidad y no está amparado por ningún convenio colectivo. Por el contrario, las desigualdades salariales entre personas de diferente sexo tienen su origen en una dinámica social que se excede en una buena parte de la responsabilidad de la empresa. A pesar de ello, tenemos un papel que desempeñar en su disminución ya que es en el ámbito privado donde se refleja mayor desigualdad, de ahí que estemos presentes en la Mesa convocada al efecto en el Consejo de Relaciones Laborales, de la que una vez más se ausentan, escamoteando su responsabilidad, los dos principales sindicatos de este país. Habrá medidas que deba poner en práctica la Administración, como es la inversión pública para el cuidado de menores o la orientación educativa y profesional de las alumnas. Otras conciernen al ámbito de la empresa, como por ejemplo la racionalización de horarios o la flexibilidad de entrada y salida al trabajo siempre que sea posible y la competitividad de la empresa no se vea mermada. Y otras medidas, entre ellas una mirada de género en nuestro día a día, deben ser asumidas por cada ciudadano y ciudadana de nuestro territorio, con el  fin de que la meritocracia sea finalmente el criterio más valorado en las empresas y este no se vea condicionado por circunstancias ajenas al mérito.

Con la misma intención de responder a las actuales demandas de la sociedad, Cebek se ha comprometido con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para el 2030 promovidos por el Pacto Mundial de Naciones Unidas y firmado por 193 países, asociándonos a la Campaña Companies para la difusión de los mismos entre nuestros asociados. Somos, por el momento, la única organización empresarial del Estado en hacerlo. Los denominados 17 ODS convierten a las empresas en un agente económico y social imprescindible para la eliminación de la pobreza y la desigualdad. Igualdad de género, crecimiento económico sostenido y sostenible, empleo decente pero también productivo, protección de los derechos laborales, industrialización y capacidad tecnológica, consumo y producción sostenible son conceptos presentes en dichos compromisos que difícilmente podemos evitar suscribir si ejercemos la responsabilidad pública que tenemos ante nuestra sociedad. En la medida en la que las asumamos como propias y como marco de actuación de nuestra actividad diaria ganaremos aún más legitimidad para el resto de nuestras reivindicaciones.

El empleo es, sin duda, una de las variables que con más énfasis analizamos los agentes socioeconómicos y la propia Administración. El objetivo de establecer la tasa de paro por debajo del 10% al final de esta legislatura vasca parece realizable, incluso con algún adelanto en el tiempo. La EPA ya sitúa dicha tasa, al final del cuatro trimestre del 2017, en el 11,1%. A estas alturas de la recuperación económica creo que es importante tomar las medidas oportunas para que la tasa de ocupación y por consiguiente el nivel de desempleo sea más uniforme entre los tres territorios históricos y entre las diferentes comarcas de cada territorio. En la necesaria cohesión social debemos incluir la imprescindible cohesión territorial. Y la eliminación de bolsas de desempleo importantes presentes en algunas mancomunidades de Euskadi, hasta con un 50% más de desempleo respecto de la media, debe ser un objetivo ineludible a perseguir.

Cebek estima para 2018 una creación neta de empleo de 8000 puestos de trabajo para Bizkaia. Confebask estima 16.000 puestos de trabajo para Euskadi. A la hora de valorar la incidencia de estos datos en la tasa de desempleo debemos tener en cuenta el previsible descenso de la población activa al unirse más jubilaciones que entradas en el mercado laboral. Las Organizaciones empresariales vascas  insistimos en la necesidad de cubrir 100.000 empleos en el periodo 2018-2020, teniendo en cuenta tanto las reposiciones por relevo generacional como la creación neta de empleo por la mayor actividad de nuestras empresas. Es ciertamente una cifra importante teniendo en cuenta que en estos momentos contamos con un paro registrado en Lanbide de cerca de 127.000 personas. Aunque estas previsiones a cuatro años vista están condicionadas al mantenimiento de las actuales condiciones económicas, tarde o temprano nos tendremos que enfrentar a la realidad de unas cifras de paro en los niveles previos a la crisis, cercano al paro técnico por tanto. Esto cambiará sin duda nuestras preocupaciones y nuestras dinámicas futuras. Nos vamos a ver obligados a incrementar en la medida de lo posible la población activa para lo cual, debemos eliminar los condicionantes que limitan, por ejemplo, la libre incorporación de la mujer al mercado laboral. Pero es más. Teniendo en cuenta que las fronteras de Europa son cada vez más permeables y que no podemos ni debemos frenar con muros el deseo de personas que buscan una vida mejor para ellas y sus familias, deberíamos aprovechar nuestra necesidad futura de trabajadores para formar y cualificar con más dedicación a aquellos inmigrantes que hayan decidido vincularse a nuestro territorio, para que de la mano de una protección básica de subsistencia, de la que estamos orgullosos, vaya también una orientación profesional que saque a esa persona de la dependencia y a la vez compense los esfuerzos que la sociedad de acogida hace para su inserción. La vinculación entre contrato de trabajo y permiso de residencia, tal y como está actualmente planteada, forma un círculo vicioso con evidentes cauces de mejora.

Para afrontar el presente más inmediato, anteayer en Vitoria-Gasteiz, las Organizaciones empresariales vascas hemos sellado un importante acuerdo con el Gobierno Vasco para afrontar conjuntamente los retos que nos preocupan a ambos: la competitividad de las empresas, las necesidades de empleo y cualificación, mujer, jóvenes, la vuelta al mercado laboral de desempleados de larga duración o de difícil empleabilidad, y la reducción de la temporalidad y de los contratos parciales no deseados. Como herramienta de trabajo para el cumplimiento de estos objetivos, las organizaciones empresariales aportamos un reciente estudio sobre las necesidades de empleo y cualificación que las propias empresas nos transmiten a través de una encuesta que hemos llevado a cabo por segunda vez. En él, recogemos datos interesantes, como que el 45% de las empresas afirman que aumentarán plantilla este año. La mitad de esas ofertas de trabajo serán con contrato indefinido, y el mismo porcentaje para menores de 35 años. Teniendo en cuenta que el 61% de las ofertas van destinadas a áreas de producción, montaje y mantenimiento, las empresas requerirán graduados medios y superiores de Formación Profesional en un 48% de los casos, estando presente la necesidad de universitarios en un 25% de los empleos, por cierto, 6 de cada 10 ingenieros. Estos requerimientos aparecían en la encuesta de hace dos años pero ahora se acentúan.

En relación a la repetitiva cuestión salarial solo unas pinceladas ya que, aun reconociendo la importancia de la misma, me da la sensación de que tanto ruido mediático no persigue más que desviar la atención sobre otras realidades. Daré una de cal y otra de arena. Por una parte, las empresas debemos gestionar con inteligencia el reconocimiento económico que merecen las nuevas contrataciones de los jóvenes. Sean doctores o no, la retención del talento va a tener una valoración al alza en los próximos años. La propia encuesta sobre empleo hecha por Confebask nos indica un crecimiento de las dificultades para la contratación de ciertos trabajadores debido a una insatisfacción del candidato con la oferta salarial. Y eso puede ser debido a dos motivos. Uno, que la expectativa del joven sea alta respecto a lo que la empresa puede pagar. Y otro, que ciertamente haya algunas ofertas que deben ser mejoradas en base al mérito y capacitación del demandante de empleo a pesar de su juventud y de su limitada experiencia. Ahí queda para la reflexión. Por el contrario, me resulta difícilmente explicable que haya calado con tanto éxito la falsa idea de que las condiciones laborales, entre las que están las salariales, son generalmente precarias o malas en Euskadi. Nada más lejos de la realidad. Bien al contrario, las organizaciones empresariales nos esforzamos en demostrar con datos objetivos y no solo con opiniones, que esas condiciones laborales y salariales están claramente por encima del entorno, ese entorno con el que las empresas tenemos que competir. Daré únicamente unos pocos datos actualizados que toman por fuente el INE o el Eustat. En 2016, en Euskadi, el 45% de las personas con trabajo ganaban más de 2.137 euros brutos. En el resto del Estado son el 30%. Solamente un 16% ganan menos de 1.000 euros brutos. En cuanto al salario medio anual, ocupamos la segunda plaza del Estado por detrás de Madrid, con un 16% más que la media y un 43% más que la última CCAA. Los salarios vascos son aún más elevados respecto de la media española en los puestos de más baja cualificación, fomentando así la cohesión. Si tenemos en cuenta nuestras jornadas laborales más reducidas, el salario por hora trabajada es el primero de España. Existen muchos más datos pero generalmente la mayoría de ellos refuerzan la tesis ya expuesta. Para muchas pymes vizcaínas y vascas su mercado y su competencia está en el Estado español, y respecto a él nuestros salarios son bastante más elevados, seguramente como el coste de la vida en Euskadi. Porque es probable que la vida sea cara en Euskadi, pero eso no tiene por qué financiarlo la empresa vasca.

Y para acabar con la mediatica cuestión salarial, es importante tener en cuenta que en la esfera pública los salarios de los funcionarios los pagan los ciudadanos, y si hay un exceso lo siguen pagando los ciudadanos. En las empresas los salarios los pagan los clientes, y si hay un exceso que merme la competitividad de la empresa lo acabamos pagando todos los que formamos parte de la empresa, empresarios y trabajadores. Y tenemos múltiples y recientes ejemplos de ello. Por ello, y mientras no tengamos convenios colectivos que regulen nuestro sector y por tanto, establezcan modificaciones en los salarios, las empresas debemos actuar con prudencia, sabiendo de nuestra rentabilidad, de nuestros costes y los de nuestra competencia, de nuestra productividad, de nuestra necesidad de tener trabajadores satisfechos y de que el objetivo principal de la empresa es su sostenibilidad.

Voy terminando. Las organizaciones empresariales, salvo excepciones, no solemos hablar de política. No nos hemos sometido a procesos electorales políticos como para tener legitimidad de opinar al mismo nivel que  aquél que sí se ha sometido al escrutinio del ciudadano. Ni siquiera los sindicatos, frente a lo que creen dos de ellos, han sido elegidos para eso por los trabajadores. Y sin embargo, hemos de reconocer que la frontera entre la política y la economía es a veces tan difusa, y no por el concepto de puerta giratoria precisamente, que no podemos dejar de opinar sobre aspectos políticos que inciden a la economía. Y uno de ellos, muy importante, es el de la estabilidad política, el de la política de pactos y la búsqueda del consenso como principio político. En un contexto político como el actual, donde es frecuente decir al ciudadano lo que le satisface escuchar y no su más que previsible futuro, donde no existe el menor pudor en realizar propuestas imposibles para dejar en evidencia a quien gobierna con euros y no con promesas, la política vasca está haciendo un ejercicio de realismo que, sin duda, favorece la actividad económica y la inversión interna y externa. No sé si somos un oasis o más bien un pantano, pero la extensión de esta política de pactos al mayor número posible de fuerzas y materias puede favorecer no solo el desarrollo de nuestro autogobierno, tal y como la sociedad vasca reclama, sino también el establecimiento de las condiciones para un desarrollo económico más potente del que estamos viviendo. Somos un país pequeño dentro de lo que es Europa, pero creo que vivimos en un contexto suficientemente favorable como para poner los mimbres, los recursos y nuestro talento alineados hacia la consecución de un objetivo de país, un plan, un programa ambicioso y realizable. Hace tiempo que creo que llegados a este contexto económico y ante las amenazas y oportunidades que se ciernen sobre nosotros es necesario dar un salto cualitativo y cuantitativo en nuestro desarrollo económico que dé lugar, entre otras muchas consecuencias, al mantenimiento, o incluso a la mejora, de la cohesión social del territorio.

Los que dirigimos empresas en nuestra labor diaria sabemos de la necesidad de pensar en grande, hacia proyectos ambiciosos, innovadores. A veces solo con la intención de mantener la competitividad de nuestra empresa, y otras para tener una mejora evidente como el acceso a un nuevo producto, un nuevo mercado, un nuevo proceso. Nos arriesgamos en ese objetivo, arriesgamos la solvencia de nuestra empresa o de nuestros bolsillos, depende del caso. Invertimos tiempo e ilusión, implicamos a nuestros equipos en ese reto. Siempre con dificultades, si fuera fácil ya lo hubiera hecho otro.

Como país debemos también pensar en grande. En muchos aspectos quizá ya lo hagamos. Pero es necesario agruparlo, darle la forma de un proyecto único, motivante y dotarlo de nuevos retos y de recursos. Euskadi no tiene petróleo, no tiene gas. Si lo tuviéramos, que aún no lo sabemos, nos da miedo siquiera sacarlo. Dependemos de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Ahí está el riesgo. Y ahí está el valor de lo logrado. Debemos jugar la liga de los territorios más desarrollados de Europa. Tenemos estabilidad, competencias, industria, recaudación, infraestructuras, capacidad, control de deuda, rating, ahorro, cultura económica, visión internacional, tecnología, cohesión social, calidad de vida…. Seguramente lo que nos falta y lo que debemos mejorar puede ser tan largo como esto, pero no tan importante. En ese camino no caben localismos desde luego. Identidad sí, pero triplicar el gasto de todo lo que construimos bueno es imposible o absurdo. Y los que sí cabemos somos todos aquellos que buscamos un país más desarrollado y más cohesionado. Lástima que una vez más, como ya nos ocurriera en el pasado, una parte de la sociedad vuelve a autoexcluirse de nuestro futuro.

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